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Lo que hice este verano, 2

Me está costando lo suyo esto de sacar tiempo para bloguear. Muchas cosas demandan mi atención y, si voy a serles honesto, el vino se ha vuelto meramente una bebida con la que lubricar la cena. Cosa que puede ser, cuando se llega a ciertos cruces de caminos en la vida, muy positiva.

Llevaba yo ya demasiados años en una posición que bien podría describirse como “militante” en cuanto a vino se refiere. No tenía reparos en entrarle a cualquier debate y creo que se me daba bien la defensa de mis ideas. Incluso hasta he vivido para ver algunas, otrora tildadas de disparates talibanescos, convertirse en la nueva postura “in” para aquellos que de la postura viven.

Por mi parte, acabo los días tan extenuado y harto de todo que sólo me apetece una copa buena, honesta, sin pretensiones ni pendejadas. Si hay buena compañía con que compartirla, mejor. Pero tampoco me está mal consumirla solito con mis pensamientos.

Abriendo una de las tantas ventanitas y [uertecitas que tiene esta vida que me ha tocado, me doy cuenta de que la militancia se me habrá marchitado, pero quedan sus sedimentos. En esos momentos en que, copa delante, me pongo a analizar restos de ideas, a veces me acontecen iluminaciones.

La banda sonora de muchos de esos momentos es Arab Strap:

Son decisiones sobre lo que me importa y lo que no. A veces la línea entre una categoría y la otra es finísima e incolora.

Pensaba yo, una buena tarde de ésas, en tanta gente que se proclama “amante del vino” y, sin embargo, sólo compra y bebe un tipo de vino. Tiende a ser tinto y aburridísimo. Mucho roble. Poca acidez. Mucho alcohol. Poca chicha verdadera. Usualmente se trata de seres humanos a los que les encanta la frase “Ribera del Duero”.

La iluminación viene cuando reconozco que me moriría del asco si mi vinivida transcurriera así.

Limitar la experiencia del vino según color, corpulencia y amueblamiento del caldo me parece una de esas cosas imperdonables. No me la perdonaría a mí mismo y no veo por que perdonársela a otros. Lo del de gustibus vaya a la porra. Una vida excitante y profunda puede contagiar todo aquello que uno consume. Y si aquello que uno consume trae en sí diversidad de colores, matices y profundidades, ¡maravilla!

No viene al caso. O sí. Aquí creo que tengo ganas de The Beta Band:

El clip me lleva a un curioso momento de julio. Estaba yo en Chambers Street Wines y ví algo que… Bueno, mejor compartir la foto y dejar que cada quien reaccione como mejor le parezca.

A aquella botella de Viña Tondonia Rosado 2000 le habían endilgado un anillo de papel rojo que proclamaba sus virtudes con una cita de Eric Asimov. La tipografía titular del New York Times añadía gravitas al conjunto.

Y yo pensé inmediatamente que si un vino no necesita ese tipo de tonterías es el Tondonia Rosado. ¿Porque qué diablos pueden pretender comunicar los que idearon esa bobería que los adeptos de ese vino no conozcamos y creamos fielmente ya? ¿Es un “gancho” para atraer a consumidores casuales?

El Camblor de hace un par de años hubiese embarcado en una meditación sociopolíticoeconómicocultural sobre el por qué de esta horterada gringoide que definitivamente no concordaba en lo absoluto con el estilo de sus amigas las hermanas López de Heredia—o al menos con la idea que Camblor siempre se ha hecho de estas admirables damas del vino. Pero al de julio de este año, que es mal que bien el mismo que ahora escribe estas líneas, ya eso de meditar tanto sobre los fenomenetes de la cultureta del vino no le va. Shit happens. Y uno bebe para olvidarlo, sea a cantazo alcohólico o por la experiencia sublime de un vino extraordinario.

Ya, ya, no los voy a dejar sin mi descripción de este más nuevo Tondonia Rosado.Lo de tener un iPad es cojonudo. Ya ni siquiera tengo que molestarme en comprar libretitas negras. Voy a “Notes” y tengo un bloc de lo más mono del que luego copiar y pegar todo lo que apunte. Haraganística y ecológicamente es un palo. Lo que apunté en aquella noche, en la que por casualidad había fuegos artificiales sobre Manhattan, pues se celebraba la independencia de Estados Unidos…

R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Rosado Gran Reserva, Rioja 2000: Todavía me tripea eso de “Gran Reserva”. Yo a esto siempre lo recordaré por su antigua designación de “Crianza”, den las reglas de la DOCa para lo que den. Y francamente está demasiado cerrado ahora mismo. Esta será una nota terriblemente injusta si es la única que tomo y publico. Queda pendiente otra botella en unos meses. Y otras en unos años.  Mucha barrica vieja por delante en nariz ahora mismo, con notas de comino, cardamomo y calabaza. También fresa y azahar. Un tanto delgado y difuso en boca. No hay mucho de que comentar más allá de la enérgica acidez y los tonos de frutas secas y especias. Buen largo. Necesita reposar, encontrarse a sí mismo y estirar el cuerpo.

Me pone esto en ánimo de rosado. Cosa que sólo conducirá a frustración, pues a esta isla del Caribe donde decidí habitar no se importa mucho que no sea como esos tintos del tedio que describí arriba, aquellos que les gustan a los que “sólo beben tinto”. Aquí son pocos los rosados que me traen. Y casi ninguno a la altura de mis deseos.

O sea que hay que largarse a otro lado a buscar rosado. Quizás por eso es que, cuando viajo a puntos más mentiabiertos del planeta, mis apuntes vienen tan llenos de… Eso. Rosados.

Hay vinos que considero viejos amigos. No me defraudan. Podré saltarme una añada y cuando vuelvo a ellos lo que encuentro me es perfectamente familiar, reconfortante, una muestra de que, por más que  jodamos los seres humanos, el mundo puede mantener constantes estéticas.

Eso, amigos y amigas, da paz.

El apaciguante que me motiva a así expresarme es el rosado de Domaine du Bagnol.

La tarde en que llegamos a Nueva York los camblores yo me dirigí inmediatamente a Whole Foods para comprar vituallas con que hacer la cena (¿les conté lo maravilloso que es alquilar un apartamentico con cocina en Manhattan, en vez de un cuarto de hotel?) y a Columbus Circle Wines para adquirir lo de beber. Ambas tiendas quedaban al apenas cruzar la calle del apartamento. Dos pluses de los grandes.

Al chico del mostrador le hizo mucha gracia que todos los vinos que elegí eran importados por Neal Rosenthal. “¿O sea que usted es un hombre de Rosenthal?”, me preguntó risueño. Yo repliqué: “Eso es porque no veo aquí nada de Dressner o José Pastor, amigo”. Para que no se me atribuyese demasiada fidelidad a Rosenthal, agarré una botella de Huet seco también.

En Whole Foods había comprado algo de pescado. Pero lo que me tenía ilusionado era una preciosa rúcola silvestre con la que preparar una ensalada de verdad, orgánica, fresca y revitalizante. No recuerdo muy bien lo que hice, entre una cosa y otra. Pero la foto de la izquierda es de aquellos verdes—algo que sería imposible de encontrar en Santo Domingo. Otra cosa para la que he de viajar.

¿Qué hay que decir del vino? Pues… Domaine du Bagnol, Rosé, Cassis 2009: Voluptuoso. Una funeraria llena de flores. Fresas bonbonescas. un toquecito de alcanfor. Más amplio y menos delicado que otras añadas. Pero atractivo en su suculencia e inmediatez. Lo que hace, lo hace sin perder nada de elegancia. Melón alegre y facilón. Amarguito posgustero. Agradable. Puestos a elegir, diría que prefiero las manifestaciones más lineales de este vino, en añadas quizás más frescas. Pero tal como es este 2009, es una gozada.

BUeno, es sábado por la tarde y ya les he molestado bastante. Recordando los rosados potados alegremente en mi añorada Nueva York (tengo más de los que contar), me viene a la mente el título de una canción de un grupito que descubrí durante ese viaje de julio. “Technicolor Health” es precisamente mi actitud actual hacia los colores que tiene y da a mi vida el vino.

Lo que hice este verano, 1

¿Cómo decirles, cómo contarles?

No pienso seguir un orden cronológico en mi narración de los hechos camblorianos durante el verano de este 2010. Si quieren, pueden tomarse mis próximas seis o siete entradas medio en plan Rayuela y entrarles por donde les convenga.

En este momento, breguemos rapidito con algo que me da, como diría mi mujer, “un poco de pachó”, o sea, vergüencilla. No quiero que se convierta en algo como cuando mamá descubre la colección de porno de su hijo monaguillo, o sea que me pongo alante. Y así…

Llegó a mí esta comiquísima serie de RTVE en unos discos aparentemente grabados en el DVR de alguien. Alguien que quería compartir. El primer episodio lo ví por puro morbo, no pensando llegar muy lejos. Pero resultó que me enganché, viendo cantinflada tras cantinflada, esperpénticas actuaciones,  tremebundos giros culebrónicos y chapuzas de Deus ex machina dignos de… Bueno, no entremos en comparaciones. Por puro vicio, fornicio y las inmensas carcajadas que me produjo ver un personaje principal amnésico antes de concluir el primer capítulo, un malévolo patriarca que no dejó de recordarme ni por un momento a Pepe Peñín,  el TCA utilizado puntualmente como arma de destrucción instantánea de una bodega,  cuernos por doquier, cadáveres en la viña, trapicheos bodegueros varios: Por todo esto ahora no me perderé lo que viene en Gran reserva. Esta ludicomedia que tanto abusa del vino como tema seguro que se lleva un Botellazo™ a final de año. Y si no tengo una categoría donde quepa, tendré que inventármela. Algo del orden de “Enoesperpento mediático del año” o alguna otra cosa más alusiva al bastardeo descarado de la (ya bastante chipojeada)  “moda del vino” y la expansión multimediática de la cultureta.

Bueno, a menos que el reality show de Pancho Campo esté aún más cachondo y le robe el premio.

Todo esto me recuerda a alguien que objetó a cierta frase mía, emitida en el recuento de una velada de impresionantes vinos que, considerando el clima actual y todo lo que anda por ahí, bien podían ser sublimes falsificaciones. Escribí: “Si alguno de los vinos más sublimes de esta velada era falso, pues su autor tiene todo el derecho de considerarse un artista.” Y lo decía de corazón. Hoy día, en el vino y en tantas otras cosas, ya vivimos a base de puro simulacro y facsímil, de naturaleza moldeada al marketing, de posturitas y vacío. He llegado a pensar que quizás, en vez de sufrir tanto por lo real y lo natural y lo honesto que se ha perdido, quizás debamos decidir jodernos y sencillamente operar en una escala que premia al que nos ponga el mejor camelo. Sea en la botella, sea en la página, sea en la pantalla, sea en el disco.

Hablando de otra cosa, algo que se ha burlado las barreras temporales es el conjunto de cajitas de vino que me han mandado queridos amigos como Laureano Serres, Alfredo Arribas y Pepe Herrero para ayudarme a mantener la cordura en este enoerial que es Santo Domingo. Gracias a ellos, cada vez que me apesta la selección de vinos disponibles localmente (que ya de por sí apesta menos, pero de eso hablamos luego) tengo algo interesante a que echar mano.

Les mencioné ayer que me la he pasado también haciendo una extensa exégesis de Marquee Moon. Otra cosa que he estado escuchando mucho es a The Delgados. Una banda a la que no había prestado suficiente atención, aunque habían hecho apariciones pasajeras en mi conciencia. Pues me regalaron un álbum de todas sus Peel Sessions y me los he estado gozando enanísticamente. Por ejemplo:

El desgano que le tenía a bloguear, junto con el mono que me entró al terminárseme los DVDs de la primera temporada de Gran reserva, me motivaron a dedicar muchas horas a practicar la guitarra. También hice algunos acercamientos a ver si formaba aquella banda punk de cuarentones de la que alguna vez les hablé. No mucho éxito de ese lado. Me faltan dos para el trio.

Pero mi promiscuidad youtubera ha conseguido que me tope con una posible solución al problema. The Black Keys lo hacen. También The White Stripes. Y, sobre todo, The Kills…

Sé por lo menos de un purista bilbaino al que le dará algo, pero les digo que me veo con una cajita de ritmos y una chica de rabioso atractivo gruñéndole al micro. Si le metemos un poquito de sandunga y radiomalanguismo, va y salimos con algo chulo.

Ya ven. Aún no les hablo nada de los vinos que me he tomado, las comidas que me he y no me he comido. Eso queda para otro momento. Es que no acabo de ver como cabe una nota de cata en mi nueva onda. Pero me lo figuraré. Les dejo con una imagen, de esas que valen más que las 796 palabras que preceden a esta oración. Es un retrato de ambición alimenticia. Mi paz en un plato.

Un leve retorno

El verano se me ha ido volando. Claro, hay maneras de volar y maneras de volar. Porque a veces volaba como un zepelín y otras como el Enterprise cuando le pegan al botón de “Hiperespacio”. He estado hasta el cogote del trabajo del que paga las cuentas. He tenido serios problemas de salud. He mejorado mucho en la guitarra. Me he metido en una dieta que funciona y adelgazado una buena tajada. He pensado muchísimo en si de verdad me apetecía tener un blog de vinos en una internet donde ese género de blogs, como le gustaba decir a un buen amigo, “hiede a barco viejo”. He ponderado mis posibilidades creativas  en torno a la cocina. De nuevo estoy pensando en poner un restaurante. Me he maravillado de lo increiblemente aburrida que ha estado la cultureta del vino en el par de meses que llevo sin escribir aquí—porque no sé cuanto vaya a dar eso del reality show de Pancho Campo, la verdad… He pasado horas y horas escuchando y analizando una y otra vez el portentoso Marquee Moon de Television. He descubierto una faceta de mi personalidad a la que le joden muy pocas cosas. Pasé dos semanas maravillosas en un apartamentico alquilado en Nueva York, cocinando a diario y consumiendo vino de verdad como si no existiese un mañana. He redescubierto a George Duke. He ponderado seriamente la etiqueta y consecuencias de deshacerme del 80% de mis “amigos” de Facebook. He disfrutado inmensamente las carcajadas de mis hijos mientras ven los muñequitos clásicos de Tom & Jerry. Tengo una camiseta muy mona que me mandó de regalo Laureano Serres. He leido un montón de libros en mi iPad y, para ser honesto, no extraño el papel. Me he maravillado de lo mucho que llueve en el Caribe en verano. He visto una botella de Tondonia con un cintillo de papel alrededor que lo anunciaba como “recomendado por el New York Times.” Y hablando de blogs de vino, el único que he leido asiduamente ha sido Saignée. WordPress me ha cambiado un poco el formato y ni me dí cuenta. Desapareció mi inmenso Blogroll. Espero que pueda restaurarlo. Otra verdad es que no me hizo falta bloguear en lo absoluto. Al menos no a nivel visceral. Esto peligró durante un par de horas. Pero luego…

¿Me extrañaron?

Ya he vuelto. Ya. Mañana comenzaré a contarles en más detalle todo lo que he vivido, bebido, comido (o no comido), leido, escuchado, chismoteado, jodido, sufrido y sandungueado en el verano.

Mañana.

Lo que viene derecho…

Ya, ya… He estado ocupadísimo en el trabajo de verdad, sin tiempo ni particulares ganas de bloguear sobre vino y mucho menos sobre su (en estos momentos aburridísima) cultureta. Encima me he puesto en una terriblemente efectiva dieta con un nutriólogo dominicano, a ver si acabo de adelgazar los veinte kilos aquellos. Eso no da ni para mucho vino del que escribir, ni para particularmente buena comida con que maridarlo. Algunos queridos amigos me han escrito para preocuparse por mi aparente abandono de La otra botella. Les he dicho que no está muerta, es que su autor está hasta el cogote en otras cosas. Otros amigos me han escrito para participarme esta noticia.

Jim Budd informó en Decanter.com que Pancho Campo había sido “exculpado” por la Interpol y su nombre había sido retirado de la lista de “buscados”.

“He sido informado hoy de que la Interpol ha aceptado mi solicitud para retirar mi nombre de su lista. Hallaron que se había cometido un error y una injusticia contra mí (mi traducción) “, pone el comunicado de Pancho Campo citado en el artículo de Decanter.com.

Ya estaba yo listo para unirme a las voces de felicitación al Sr. Campo por esta vindicación, cuando decidí volver a leerme el texto de Budd, además de dos o tres cositas más que encontré en la red con respecto al retiro de Pancho Campo de la lista de “buscados” de la Interpol. Luego le metí a Google. Y ya de ahí para alante comencé a hacerme preguntas. Soy así. No puedo evitarlo.

Sería de esperar que una institución policial o judicial, al haber cometido “un error” y admitido “una injusticia”, diera fe pública de ambas cosas y ofreciera disculpas al afectado, en este caso el Sr. Campo. No encontré un documento a tal efecto en ninguna parte. Eso me resultó curioso. El mencionado “error” y la consiguiente “injusticia” afectaron seriamente a Pancho Campo y supusieron como mínimo un desagradable bache en su trayectoria profesional. Además, ese “error” y esa “injusticia” potencialmente  indujeron a su vez a error no solamente a los periodistas que dedicaron ancho de banda y tinta al “affaire Campo”, sino a uno que otro bloguero inquisitivo y al público vinero en general.

Vamos, que era para que hubiésemos oido y leido mucho más de la agencia policial que lo que se encuentra actualmente con respecto a este caso.

Busca uno el “aviso rojo” sobre Pancho Campo que tan fácilmente se encontrara hace unos meses en la web de la Interpol y no aparece, o sea que es muy cierto que ha sido retirado. Hasta ahí, todo bien.

Pero luego uno se pone a ver todo lo que hay circulando y resulta que la fuente de la información es única y exclusivamente la comunicación emitida por el propio Pancho Campo. No es que quiera uno fastidiarle el momento, pero sería bueno que la Interpol y las demás autoridades pertinentes no solamente corroboraran el hecho del “error” y la “injusticia” (a vueltas vamos con lo de las comillas; no se pueden retirar hasta que todo esté pristinamente claro y se hayan cancelado todas las preguntas), sino que ofrecieran el modo de enmendar el daño hecho al Sr. Campo.

Claro, eso no sé lo que pueda implicar para todas las partes.

Pero a lo que iba. La labor de un buen periodista es seguir la historia hasta sus últimas consecuencias. Siendo nuestros tiempos como son, ese seguimiento muchas veces ocurre ante los ojos del público. Lo vamos viendo as it happens. Y hoy Jim Budd ha publicado en su blog, Jim’s Loire, una nota muy interesante.

Hay un dicho dominicano que siempre me ha gustado. Lo repito cada vez que hay algo que me aviva mi alegre ceja derecha, tan dada a alzarse a la más mínima provocación: “Lo que viene derecho no trae arrugas”. Esa entrevista de Jim Budd con un oficial de la Interpol como que expone alguna arruguita. ¿O no?

Por alguna misteriosa razón, mientras escribo esta breve entrada, me encuentro tarareando una tonadita pegajosísima de aquellos ochentas que están ya tan lejos y a la vez tan cerca. Luego hablaremos ya del vino de Iniesta, que dizque viene por ahí. Por el momento, les dejo al Timex Social Club con un clásico que siempre está à propos

Uno de Lepe

Perdonen, amigos. Hace veintitantos días ya que no escribo nada aquí. No tengo excusa alguna, más que el exceso de trabajo del que paga las cuentas (que no es este blog, que es afición y no profesión, aunque a veces se me olvide). Bueno, quizás puedo encontrar explicaciones: La internet del vino últimamente como que anda algo parca en general. Poco de interesante se ve. Y para andar escribiendo más de lo mismo, pues…

Bueno, o no. Porque hoy me mandó un amigo un enlace a este fascinante artículo, cuya moraleja cae más o menos entre Larra y Lepe. Me reí mucho. Espero que ustedes también, porque cómico sí que es.

Para que no se me sientan abandonados, les dejo con una musiquita en lo que encuentro como organizar todo el material que he recogido en el último par de meses para convertirlo en entradas razonables de este blogcillo mío y de ustedes. Resulta que de una fusión de  genes de Bruce Springsteen, The Replacements y The Clash surge una encantadora bandita de nativos de Nueva Jersey. Ladies and gentlemen, por si no les conocen, les presento a The Gaslight Anthem. Los estoy oyendo muchísimo últimamente…

32 días de vino natural, día 11: Nisswa, Minnesota…

Lo siguiente es el texto que he contribuido a la excitante iniciativa cobloguera “32 Days of Natural Wine” con motivo del segundo aniversario de Saignée, el genial blog de Cory Cartwright. Pueden seguir la saga de las jornadas de vino natural y leer esta entrada también en Saignée. Disfruten…

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Pensándolo bien, no recuerdo muchos momentos en la historia de mi enochaladura en el que me haya ido la ortodoxia.

No que lo mío haya sido sólo para contrariar. Nací con una tendencia muy marcada hacia el roscaizquierdismo que no he podido zafarme, pese a la poderosa influencia de mi educación clásica. Me he hecho viejo deseando sólo lo que comunica conmigo de forma natural.

Ah, sí. Dije “natural”. Ahí está la palabrita. No contando la mención en el título prestado que aparece más arriba, llegó pronto.

Les contaba sobre como funciona mi sistema de afinidades. Hay cosas con las que conecto, así porque sí. Y hay cosas que no me entran ni por casualidad. Y aquellas cosas con las que conecto tienden, la mayoría de las veces, a estar en los márgenes cuando conecto con ellas. En vino, particularmente… Porque es difícil no recordar aquellos tiempos en que era yo una voz casi solitaria en la enointernet hispana defendiendo las virtudes de los vinos de López de Heredia, esos otrora tan denostados por aquellos que vestían calzones de “alta expresión” por fuera del pantalón. Esos mismos vinos que ahora están muy de moda y se venden carísimos. Igual es difícil no recordar mis cruzadas por el vino “sin maquillaje”, sin las tecnoveleidades puntilleras que tan de moda se pusieron en los noventas. Y bueno, sobre lo de los gurús y los puntos no digamos nada.

Un montón de años me he pasado deseando tantas cosas, para venir a darme cuenta no hace mucho que lo que estaba deseando era sólo una: Vino natural. Buscaba vino auténtico, expresivo de su terruño, sin aditivos “mejorantes”, sin marketing trajeado de Hugo Boss detrás, ni complejos esquemas corporativos, ni ansias sociales, ni humo, ni espejos. Un estribillo muy repetido últimamente en este espacio ha sido “Beber, abrir botellas y disfrutar”. Pues eso es lo que siempre he buscado yo. Vino consumido con naturalidad, en camaradería, con goce, cuya bondad principal es como aquel viejo anuncio de ron dominicano: “Lo suave que pasa y lo contento que se pone uno”. Natural.

Ahora resulta que hay hasta un Movimiento del vino natural y que algunos conocidos y amigos míos son parte de él. Se declara a Nueva York (junto con París, San Francisco y un par de metrópolis más) como una de las “capitales del vino natural”. El vino natural se ha puesto de moda entre diversas intelligentsias. Cory Cartwright me invita a formar parte de esta brillante iniciativa multiblogueril con 32 días de vino natural. Yo acepto. Lo del roscaizquierdismo no precluye que de vez en cuando me entusiasme por alguna aglomeración ideológica.

La cosa es que desde hace dos años y dos meses resido en Santo Domingo, República Dominicana, en una orilla a distancia medio-lejana del mercado global de las enobebidas.

Aquí le mencionas a alguien que prefieres el vino natural y los ojos se le ponen de glazeado doble. “Pero yo pensaba que todo el vino es natural”, te dicen con toda honestidad. Se han venido creyendo todo el canon pastoral supermercadístico leido en contraetiquetas de vino industrial. Porque ya se sabe, aún la más tecnológicamente puntera y corporativamente necia de los megacomplejos bodegueros multinacionales apela al mito del “producto de la tierra y el esmero artesanal”.

Eso, que vivo en un lugar donde el vino natural es impensable para la mayoría de los consumidores, que no pueden concebir que la mitología según una etiqueta de Concha y Toro corresponda a algo que alguien pueda considerar “no natural”. Se consume lo que resulta familiar, por la marca y no por el contenido. La diferencia es irrelevante.

Les mentiría si les digo que he aprendido a aceptar semejante status quo. Los gustos del prójimo (no entraré en si ven CSI o no, ya que mi propia esposa parecería ser fan de David Caruso) no me molestaría si no fuesen tan hegemónicos.  Soy lo que soy y mis gustos se hicieron como y donde se hicieron. O sea que vivir aquí, habiendo dejado atrás una amplia oferta de vino del que me gusta, del que considero real y verdaderamente meritorio, el que tiende a emocionarme y a motivarme camaradería, es vivir con un eterno mono de cojones. Bien podría estar en Nisswa, Minnesota, ese lugar que decía Thor Iversson hace un par de días. A veces, ante la apabullante presencia de enoproducto industrial en el mercado de Santo Domingo, y, sobre todo, de la aceptación de esto por parte del público local como “la única posibilidad”,  me vienen a la mente todo tipo de figuras literarias. Me siento como uno de los personajes oprimidos en alguna de las novelas más simpáticas de Orwell. O no sé, como un envejeciente anarquista oculto en el ático de una casa en tiempos de Franco, viviendo del recuerdo, o sea, con una sed terrible. Cuando aparece algún importador cuya sensibilidad lo provoca a traer a Dominicana un par de vinos de verdad, pues, lo apoyo y recibo esos vinos de vida como algún joven poeta en la Checoslovaquia de antes se devoraba un panfletillo recibido por samisdat.

Disculpen si me he extendido demasiado con mi triste historia. ¿He logrado que sientan un poco de pena? Porque miren que la privación de vino natural por tiempo extendido puede ser una terrible tortura de las que aplastan el alma. De verdad, perdón si me he vuelto un coñazo en mi queja. Pero aquí viene lo de la camaradería. Notando el descontento manifestado en La otra botella con respecto a mis circunstancias actuales, un buen amigo español que elabora vino natural me cogió pena y me mandó un par de cajas de cosillas selectas—suyas y de otros productores de similar mentalidad. He ido abriendo y saboreando botella a botella, poquito a poco, cada vez que me siento deprimido. Resultan muy salutarias.

El amigo elaborador natural del que les hablo no es otro que Laureano Serres. Por casualidad, es también el autor de eso de “Beber, abrir botellas y disfrutar”, que se ha convertido en mi consigna política favorita. A Laureano lo conocí “en vivo” por vez primera hace seis años. En aquellos tiempos no era el naturalero hardcore que es ahora, sino meramente un tipo honesto tratando de hacer el mejor vino que podía. Llegaba yo a Madrid y él se trasladó desde Cataluña únicamente para cenar conmigo. Fue una noche inolvidable en la que dos nuevos amigos dieron cuenta de algún Cornas de Clape, un “Les Poyeux” de Clos Rougeard y quién sabe qué más, ante la mirada atónita de una joven y guapetona sommelier madrileña. Laureano me había traido varios de sus vinos de aquel entonces, para probar.

Una de estas copas fotografiadas en el 2004 contenía el increible rancio 1975 elaborado por el padre de Laureano Serres.

Confieso no recordar particularmente un blanco y un tinto que me presentó. Pero culminamos aquella cena con un rancio dulce de 1975, elaborado por su padre, que fue toda una revelación para mí. Laureano—si no me traiciona la memoria—me habló de como ése era un estilo de vinos otrora típico de su región, pero ahora perdido. Yo, atónito ante un vino maravilloso, auténtico, profundo, genuinamente conmovedor, le dije que ni por nada dejara perderse semejante tesoro.

Saltamos media docena de años y estoy en Santo Domingo, delante de una de mis neveritas de vino, viendo que beber con una ensalada de frijoles negros, maíz,  gambas y salmón ahumado en vinagreta al cilantro, comino y naranja agria. Encuentro algo que parecería blanco y cuya etiqueta, en una de esas neciamente vericuéticas e ilegibles tipografías que parecen encantar a los amigos hacedores de vino natural, lo identifica como “Virante”, o algo así. Ante semejante nombre, pues, no sé que pensar. Lo abro. Lo sirvo. Es algo turbio, aunque su color anaranjado mantiene una interesante luminosidad. Un vino que en Santo Domingo sería condenado como “estropeado” y echado sin más por algún fregadero. Menos en mi casa.

Huele a gloria. Instantáneamente me recuerda a aquel “Eléctrico 1922″ de Toro Albalá, uno de mis montillas favoritos de todos los tiempos. Fresas, almendras, alcanfor, trementina, piedras, aceite de pino, fresitas silvestres y una profundidad cítrica de proporciones galácticas. Da ganas de escribir una de esas notas de cata con “descriptores” de lista de compra, ¡porque mira que suelta aromas distintos!

Lo que más paralizado me deja es que en la boca es casi completamente seco. Salino. Sustancialmente tánico. Larguísimo. Mucho, mucho, muuuuucho más vino de lo que esperaba encontrarme.

Inmediatamente, utilizando esa herramienta tan natural que son los mensajitos de Facebook, interpelé al Laure para que me contara qué diablos era esto.

Juraba no haberme mandado nada llamado “Viranti”. Ni producirlo. No entendía, pero se alegraba de que me hubiera gustado, si en verdad formaba parte de aquel “care package” que me mandó.

Tomó un par de días que me llegara otro mensaje. Decía Laureano que se trataba de un “Vi Ranci”, o sea, un vino rancio. No el de su padre que habíamos probado en aquel primer encuentro. Uno hecho por él en producción micro—del que, tristemente, no le quedaban más botellas, pues las había mandado todas aparte de la mía a un bar en Banyuls. O algo así.

Le declaré que ese rancio abre una interesantísima avenida para su proyecto de vinos naturales. Su carácter es único e indiscutible y hay que joderse con lo bueno que está. Le pedí que me lo explicase un poco, para beneficio de los que leyeran esta entrega y anduvieran con curiosidad enológica. Me informó que…

Este vino lo embotellé en el 2006 de una barrica que saqué de una bodega de la comarca que había cerrado. El poco vino que quedaba lo dejé allí y lo refresqué con vino mío de garnacha y macabeo. En dos años, la barrica rellenada había bajado bastante, incluso tenía una pequeña fuga que acabó tapándose con hongos. Llené unas cien botellas, contra viento y marea, porque nadie parecía creer en esto. Pero yo tengo ganas de recuperar— aunque sólo sea un .0001 porciento—parte de este patrimonio. Si alguien me da una barrica vieja, y se puede, la cojo y meto vino… No se pierde todo. Pos eso es lo que t’as bebío: Un vino rancio, de los miles que había antes. Algo que la “madre” le ha dado el sabor, una desviación de la enología…

Bonita historia, ¿verdad? El vino es lo que dice su nombre. Y es delicioso. Su historia es el tipo que ningún departamento corporativo

Una de cien, en Santo Domingo, junio 2010.

de marketing pondría en una contraetiqueta—probablemente tendrían severas dudas sobre usar la palabra “rancio” delante, vamos… A la generosidad natural de este buen amigo, que hoy por hoy es la punta de lanza del movimiento del vino natural en España, recibí una botella de cien. Aquí en un lugar donde semejante vino posiblemente nunca sea comprendido, mucho menos disfrutado. Me complace poder llamar al vino por su nombre: Celler Laureano Serres Montagut, “Vi Ranci”, Vi de Taula NV. A menos que vaya a Banyuls antes de que a los del bar se les agote, probablemente no lo vuelva a probar.

Pero llegó a mi. Y eso es de agradecer. Sin saber lo que bebíamos, Josie y yo nos bajamos la botella casi completa de este magnífico rancio seco y al otro día no había ni rastro de dolor de cabeza. Eso también es de agradecer.

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When I think it over, I can’t recall many moments in my history as a wine geek when my thing has been orthodoxy.

Not that this has been purely for the sake of contrarianism. I was born with a marked tendency to be contrarian, and have had little luck in breaking from that tendency, in spite of the powerful influence of my classical education. I’ve grown older desiring only that which communicates with me in a natural way.

Oh, yeah, right. I said “natural”. There’s that little word. Not counting the mention of it in the title, it came quickly.

I was telling you about the workings of my peculiar system of affinities. There are things with which I connect, just because. And there are things that I can’t swallow—not even by accident. Those things with which I do connect tend, most of the time, to be in the margins when I happen to connect with them. In the world of wine, this has been particularly so… It’s hard to forget those days when I was the lonely voice on the Spanish side of the wine internet defending the virtues of the wines of López de Heredia, those so vilified by people wearing “alta expresión” underpants outside their trousers. The same wines that are now ultrahip and sell for handsome sums. Also hard to forget my crusades for wine “minus titjobs and makeup”, without the point-seeking technowhatevers that became quite the rage in the Nineties. And about the gurus and the damn points, the less said, the better.

I’ve spent a bunch of years talking about the way I wanted things to be, only to realize that what I desired could be summed up in one simple phrase: Natural wine. I sought wine that was authentic, that expressed its terroir, without additives or trafficking to “improve” it, without marketing guys in Hugo Boss suits behind it, or complex corporate schemes, or social aspirations, or smoke, or mirrors. A refrain often repeated on La otra botella lately sums my attitude best: “To drink, to open bottles and enjoy”. Simple as that. It’s all I want. Wine consumed naturally, in camaraderie, with joy; wine of which the main virtue is sort of like those old commercials for Dominican rum: “How smoothly it goes down, how happy one gets”. Naturally.

I now find out there’s  a Natural Wine Movement and a number of my acquaintances and friends are part of it. New York is declared (along with Paris and San Francisco)one of its strongholds. Natural wine is now the “it” thing among any number of intelligentsias and hipster nucleii. Cory Cartwright invites me to be part of this brilliant initiative, where 32 bloggers spend 32 days going on about natural wine and I accept. My contrarian streak is not so strong as to preclude me from occasional adhesion to one ideological community of another.

Thing is that for the past couple of years and change I’ve resided in Santo Domingo, Dominican Republic, on a medium-distant shore of the global enobeverage marketplace. I left behind a good life in Manhattan, friends and all the wonderful wine I could ever want to move to… Well, never mind.

Here you mention to somebody your preference of natural wine and their eyes become double-glazed. “But I thought all wine is natural”, they say in all earnestness. They believe the full canon of supermarket pastoral prose as printed on the back labels of most industrial wine these days. Because, of course, no matter how techy and obnoxiously corporate the global megawinery complexes grow, there’s still the appeal to the myth of wine as a “product of the earth and of artisanal care”.

So there. I live in a place where natural wine—as opposed to industrial crap—is inconceivable to the majority of consumers, who cannot conceive of the pap printed on a Concha y Toro back label as something someone else can associate with the “not natural”. A bottle of wine is opened and consumed here because of the familiarity of its brand, rather than the contents of the bottle. The difference between the two seems irrelevant to most.

I’d be lying if I told you I’ve learned to accept this status quo. The aesthetic proclivities of my neighbor (I will not discuss whether s/he watches CSI Miami or not, as my very own wife seems to be a fan of David Caruso; go figure…) wouldn’t bother me at all if they weren’t quite as hegemonic as they are. I am what I am and my tastes were formed where they were formed, so living here, having left behind what I did, is living in the throes of the nastiest never-ending set of withdrawal symptoms. I could very well be in that  Nisswa, Minnesota place that Thor Iversson wrote about a couple of days ago. Sometimes, facing the dismal selection of industrial enoproducts on offer here in Santo Domingo (and the complete acceptance by the public of said industrial enoproducts as “the only possibility”), my mind calls  up all sorts of literary figures. Maybe the oppressed subversives in a couple of Orwell’s funnier books. Or I don’t know, the aging anarchist hidden away in an attic in Franco’s Spain. Or the young poet in Communist wherever, devouring over and over the same samisdat pamphlet.

Sorry. I realize I’ve gone on a bit in this self-pity jag. Really, sorry. But an unappeased  jones for natural wine can be a truly awful, soul-crushing torture. Anyway, here’s where camaraderie comes in. Taking note of the immense discontent I’ve been feeling with regard to my current circumstances, as abundantly voiced on my blog, a good friend in Spain who happens to make natural wine took pity on me and sent me a couple of cases of selected bottles—made by him and by other like-minded producers. I’ve gone through the cases bottle by bottle, slowly, savoring each one when I feel depressed. Most salutary, this.

The natural-winemaker buddy I’m talking about is none other than Laureano Serres. Perchance, he’s also the author of that “To drink, to open bottles and enjoy” slogan I’ve been using so much lately. I met Laureano in the flesh for the first time about six years ago. Back then he wasn’t the hardcore naturalero he is now. Just a guy trying to make the best wine he could. I’d just flown into Madrid and he’d driven from Catalunya just to meet me and have dinner with me. It was an unforgettable evening: Two new friends getting royally smashed at a posh restaurant where they polished off bottles of Clape Cornas and Clos Rougeard “Les Poyeux”, as well as who knows what else, all under the incredulous gaze of an attractive young lady sommelier. Laureano had brought down some of his wines for me to taste.

This picture was taken in 2004. In one of those glasses is the 1975 rancio made by Laureano Serres' father.

I confess I recall very little about a white and a red he served first. But the culmination of the dinner was a 1975 sweet rancio made by Laureano’s father. To me, a revelation. If my memory doesn’t betray me, Laureano mentioned that this had once been a typical style of wine in his area, but is now almost extinct. I, gobsmacked before a wonderful, authentic, profound, genuinely stirring wine, managed to tell him that under no condition should he let such a treasure be lost.

We skip hald a dozen years forward and I’m in Santo Domingo, in front of one of the little wine fridges in my apartment, looking for something to drink with a salad of black beans, sweetcorn, prawns and smoked salmon, cilantro-cumin-bitter orange vinaigrette. I find something that appears to be white. The label, in one of those annoyingly curlicued typefaces favored by so many natural winemakers, identifies the wine as “Virante”, or something like that. I don’t know what to think about that name. I open the bottle. I pour the wine. It’s cloudy, though its orange orange color emits a compelling luminosity. A wine that here in Santo Domingo would be condemned as “spoiled” and unceremoniously poured down a kitchen sink without so much as a sniff. But not chez Camblor.

This smells just glorious. Instantly, it reminds me of Toro Albalá’s “Eléctrico 1922″, one of my favorite wines ever from Montilla. Tiny wild strawberries, almonds, camphor, turpentine, stones, pine oil, more tiny wild strawberries and a citric depth of galactic proportinos. It makes one feel like writing one of those shopping-lists of “descriptors”, with so many aromas coming up from the glass.

What stops me cold is the fact that on the palate it’s almost completely dry. This is very new and doesn’t quite jive with my old idea of a rancio, which tended to include sweetness. Saline, substantially tannic and very long. Definitely waaaaaaay more wine than I expected.

I immediately used that most natural of tools, a Facebook message, to get Laureano to explain to me what the hell is up with this unbelievable wine.

He swore he hadn’t shipped me anything called “Virante” or “Viranti”. Or, for that matter, made any such thing. He didn’t understand, but was happy I liked it, if indeed it had been part of the care package he’d sent

It took another couple of days for me to receive a new message. Laureano said he’d finally figured out it was a “Vi Ranci”, a rancio wine. Not the one made by his father, but something made in the tiniest amount by him–of which, regrettably, he had no more bottles to send me, since he had sold his remaining stock to a wine bar in Banyuls. Or something like that. Apparently, the wine bar in question specializes in just that sort of wine. The world I don’t live in seems to be a wonderful place.

I declared this rancio as the opening of a fascinating new avenue in Laureano’s natural wine adventures. Its character is unique and undisputable and goddam the stuff is good! I told him to explain it to me, for the sake of the readers of this entry who may harbor some sort of enological curiosity as to the wine’s “where” and “how”. And Laureano said:

I bottled this wine in 2006 from a barrel I got out of a bodega in my area which had closed up. What little wine there was I left in the barrel and refreshed it with some of my own wine from garnacha and macabeo.  Two years later, the topped-up barrel had lost a lot of wine; it even had a little leak that ended up being plugged by fungi. I filled about one hundred bottles. against all odds, because no one seems to believe in this sort of thing. But I feel like recovering this patrimony—even if it’s only .ooo1% of it. If someone gives me an old barrel, and it’s doable, I’ll take it and put in some wine. You don’t lose everything. That’s what you drank: A rancid wine, one like the thousands there were before, Something the “mother” gave its flavor, an enological deviation…

A pretty story, right? The wine is what its name says. And it’s delicious. The

One of one hundred, in Santo Domingo, June 2010.

story is the kind no corporate marketing department would ever dare put on a back label—they’d probably have severe doubts about using anything remotely resembling the word “rancid” in the front, too.. To the natural generosity of this good friend—today the spearhead of the Natural Wine Movement in Spain—I got one bottle out of a hundred. Here, in a place where such a wine probably would never be understood, much less enjoyed. I’m happy, now, to call it by its name:  Celler Laureano Serres Montagut, “Vi Ranci”, Vi de Taula NV. Unless I make it to Banyuls before the guys at that bar run out of it, I may never get to drink it again.

But it reached me, which is something to be very thankful for. Without really knowing what we were drinking, Josie and I drank up almost the entire bottle of this magnificent dry rancio and the next day we didn’t have even the slightest trace of a headache. That’s also something to be thankful for.

Hacía mucho…

Hacía mucho que la salida de un disco no me tenía tan a la expectativa. Pero el martes sale High Violet, de The National, un grupo que me ha encantado desde que lo conozco. Y hacía mucho también que no dedicaba una entrada únicamente a una canción. O quizás no tanto, pero con la pausa lo parece. La cuestión es que aquí está, porque es sábado en la mañana en Santo Domingo, del nuevo, The National:

(Siempre habrá) Cositas y cosotas…

Hasta que me diese por lo de mi reciente hiato, cada viernes me esforzaba por publicar aquí un compendio de curiosidades de la cultureta actual del vino encontradas por esta internet tan pródiga en chismes, marketing fantasioso,  idioteces proclamadas como dogmas de fe, politiquería cogebobos, trapicheos, chorizadas de cuello y corbata, paquetazos, etc., etc. Unos viernes resultaban, por ley de vida, más divertidos y edificantes que otros. Yo, por mi parte, aunque esas entradas de “Cositas y cosotas” suscitaron animados y muy saludables debates, me ví buscando algo menos, que a la vez era algo más. Necesité cambiar un poco el formato, quizás abarcar menos cosas y profundizar más en el tema seleccionado. O, por lo menos, ceñir el potencial debate a un tema nada más.

O sea que ahora “Cositas y cosotas” viene new and improved, pero intentando preservar su esencia lúdico-jodedor-analítica. Un tema por viernes. Y listo. Al asunto.

El Wall Street Journal nunca se ha distinguido por la brillante sagacidad y profunda erudición de sus críticos de vinos. Nada más hay que recordar a la parejita aquella que tenían hasta hace poco… O mejor no recordarla. Total, si los cambiaron. Hace un tiempecito anunciaron que uno de los dos puestos de crítica de vinos para el periódica iría a Jay McInerney, autor de una novela brillante en los ochentas (Bright Lights, Big City) y de un montón de columnas de vino bastante tontas para la difunta revista del hogar House & Garden. Poco después, el Journal anunció una contraparte femenina para McInerney: Nada más y nada menos que Lettie Teague, autora de otra buena cantidad de columnas tontas para la revista Food & Wine. Hasta donde sé, la Sra. Teague no ha escrito ninguna novela brillante aún, o sea…

Caso es que en la última semana  del antedicho hiato bloguero que me traía me llega el debut de la Sra. Teague en el Wall Street Journal, una columna de tonito un tanto tocagónadas sobre el tema de los vinos de alto grado alcohólico. No deja la más mínima duda de que la Sra. Teague es una defensora de los mismos, y los sumilleres, tenderos y consumidores que rechazan rutinariamente vinos de 14% de alcohol por volumen o más son esnobs insufribles que ponen sus preferencias personales por encima de las oportunidades que putativamente merecen esos vinos “grandes”.

Para los sumilleres de restaurantes que pasan de vinos con más de 14% de alcohol en nombre de servir vinos “equilibrados” y “compatibles con la comida”, la Teague tiene la siguiente cápsula de sabiduría:

[Cuando los sumilleres] hablan de “equilibrio, ¿qué están diciendo en realidad?” ¿No será en verdad lenguaje codificado para excluir los vinos que no les gustan, o los estilos de vino que no se ajustan a sus gustos personales? ¿Es esto la próxima forma de esnobismo vínico, similar al movimiento anti-chardonnay? (Mi traducción)

La prosa tortuosa no es por mi traducción, que conste. Y es un extraño concepto de la labor de un sumiller el que parece poseer la Teague. Toda la vida he visto en el oficio de un sumiller de verdad—los de carrera, los chapados a la antigua, que de verdad entienden el vino y su servicio en contexto, sea este contexto histórico, sociológico, o meramente de la cena que va a ordenar la mesa 8—como una mezcla entre trabajo curatorial, didáctico y de ventas. Tal como lo haría el curador de un museo, el sumiller monta su lista de vinos como una exhibición, diseñada para dar máximo deleite y máxima información al visitante. Se encarga el curador de elegir las obras en exhibición según criterios coherentes y velar su posicionamiento para comunicar claramente el mensaje o mensajes que busca comunicar. Así mismo el sumiller. No se trata de “dar oportunidades a todo quisque”, ni de ser un empujador de lo que le dé la gana a X segmento de la industria del vino. Se trata de crear una carta de vinos coherente, consistente consigo misma y con la cocina del restaurante.

Lo que, si mi experiencia vale de algo, pone en desventaja a los megavinotes esteroidales que defiende Lettie Teague, esos que te dan “la patada extra”.

Claro, yo soy de los que aman los vinos ligeros, gráciles, enfocados, con excelente acidez y mucha frescura, los que dejan poco estrago a su paso, los que no te imposibilitan alcohólicamente después de dos copas, los que te invitan a abrir esa otra botella… Tiendo, como esos sumilleres que condena la Teague, a respetar fronteras de graduación alcohólica y a sentir seria aprehensión ante vinos que las sobrepasan. Por más que lo intento, no puedo enterarme de como es que un jumilla con 15% de alcohol trae “más sabor” que un complejísimo trousseau del Arbois con 12.5%.

Otra cita, con metacita incluida:

Descubrí que un buen número de los vinos que había disfrutado en el pasado con mis amigos, y alegremente maridado con comidas, sobrepasaban por bastante el 14% de alcohol. Tenían sabor e intensidad y eran inmensamente placenteros…. Eso es algo que los que odian el alcohol dejan fuera. El alcohol acarrea sabores. “Es como la grasa en la carne”, como me dijera una vez Aldo Sohm, director de vinos de Le Bernardin, en Nueva York (no estaba seguro de que lo dijera de forma positiva, pero decidí tomármelo así).

Para más discusión sobre el (ab)uso interpretativo de esa línea atribuida a uno de los sumilleres más respetados de Nueva York, les refiero a mi amigo el Dr. Vino, quien también trató recientemente sobre el debut de Lettie Teague en el Wall Street Journal.

Lo que nunca dejará de sorprenderme es como, en la cultureta, los debates siempre han de enmarcarse de forma tan polarista. Obviamente, la Teague se planta en una esquina como defensora de los vinos-bomba. En la otra pone a los  “esnobs” proponentes de vinos menos aparatosos y de impacto más sutil. Claro, nunca falta denostar al otro bando, designarlo como “elitista”, “antidemocrático” y tonterías así. Blanco versus negro. Amor u odio.

Yo siempre diré que puedo comprender a los que gustan de las tumbacocos, los amplificadores de guitarra que llegan al “11″ y las tetas de silicona como pelotas de playa. Recordemos lo mucho que disfruto de Sadat X y su “fucked-up factor”:

¡Ah, Lettie Teague! ¡Ah, la humanidad! Todo esto me ha puesto a pensar en el vendedor de una tienda local. Cuando le pregunté—hará como un año—por qué eran tan pocos los vinos por debajo de 14% de alcohol que ofrecía la tienda, me dijo que “es que por debajo de eso la gente no los quiere. Hay gente que solo compra de 14.5% para arriba”.

También pienso en un amigo que se refirió a un priorat con 15% de alcohol con adjetivos como “elegante”, “fresco” y “equilibrado”, aunque luego me admitió que beber eso muy frecuentemente le estaba dejando estropeadillo.

Vamos, que debe existir espacio en el mundo del vino para todo tipo de prioridades…

Pequeños movimientos…

La otra botella contin´ä en una necesaria pausa, por lo menos en cuanto a producción de textos largos. Créanme ustedes, lo necesito. Cuando vuelva a retomar el ritmo, de seguro este espacio se verá mejorado: Con más vitalidad y precisión que la que tenía antes.

No les niego que, en medio de mis vacaciones blogueras, a veces me entra un mono terrible de escribir. Lo que sea. Y la cultureta del vino sigue produciendo sinvergüenzuras y estupideces a diario que me tientan a comentar. Además, esas manifestaciones de gente que extraña mis diatribas (vaya usted a saber, ¿eh? Hay de todo…)me llenan  de sentimiento y me entran ganas de soltar una de mis crónicas.

Pero no. Mejor esperar a que esté madurito, al momento en que me sienta cómodo.

Por ahora, quería compartir algo dicho por una amiga durante una cena en casa el otro día. Muchas veces yo he citado aquella línea de Roland Barthes: “Interrogo mi deseo, que es el único estándar para mi trabajo”, Pues lo dicho por mi invitada durante nuestra sobremesa hace eco a Barthes y luego reverbera sobre la cultureta actual del vino. Teníamos con nosotros también a César Castro y su novia Mary Ann, que intentan iniciarse como importadores de vinos artesanales y de terruño a la República Dominicana. Bebíamos algo de lo que traen. Comentábamos lo ricos y diferentes que estaban los vinos en comparación con el enoproducto artificialote, trajeado e hipermarketinguizado que predomina en el mercado dominicano. Llegamos al típico mercenario trajeado que lo vende tratándolo igual que si se tratase de cualquier cosa: Jamonilla enlatada, pantaletas, gaseosa…

La sentencia interrogante de la amiga: “Es que en este medio a cuánta gente conoces que de verdad ame el vino y ame lo que hace?”

Jugosa pregunta, ¿no? Aplicable al mundo entero en este mercado global tan jodido. Porque estoy seguro de que hay mucho vendevinos a quien el vino en realidad le importa un bledo, que ahora mismo se encuentra ante la perspectiva de tener que mover almacenes de inventario invendible. ¿Cómo estará sintiéndose sobre lo que hace?

Bueno, hasta aquí mi mini-intervención que, aunque no me quita el mono, me lo alivia ligeramente. Commentez et discutez. Y a los que vienen acá sólo por las cancioncitas, pues, una del playlist de banditas neoyorquinas independientes que ahora mismo me ocupa. The Kills, En un mundo mejor, esto sería un clásico.

La pregunta…

¿Cuánto tiempo más aguantará Camblor su autoimpuesta semiausencia?